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Carlos Fuentes - El Robot Sacamentado





¿Qué es primero? ¿El nombre, o la cosa?
PLATÓN, Cratilo

Una vez más, los culpables fueron Adán y Eva. Su jerarquía de Primeros Padres les otorgó un sitio privilegiado en el Cielo, así como una visibilidad excesiva: lo que en términos políticos modernos se llama «un alto perfil». Pero el sambenito de «Primer Padre» y «Primera Madre» no se soporta fácilmente, ni en el Cielo ni en la Tierra. Su status de megaestrellas terminó por hastiar a Adán y Eva.

—Mejor nos hubiera ido en el Infierno —le dijo Eva a Adán, mientras ambos atendían a una interminable fila de recién llegados a la Vida Eterna que, bolígrafo en mano, esperaban pacientemente turno para obtener los autógrafos de los Primeros Padres—. Allá abajo, lo que aquí pasa por un premio sería visto como un castigo.

La costilla de Adán levantó por un minuto la mirada del coqueto libro de autógrafos (páginas lilas alternadas con azul celeste) y vio la fila extendida a lo largo y ancho del tiempo y del espacio. La astuta mujer se dio cuenta entonces de que éste era infinito y aquél, aun en la eternidad, contado. Ella y su esposo eran víctimas de ambos.

Los primeros casados consultaron entre sí. Llevar su queja al Todopoderoso y pedirle, en vez de la celebridad, el privilegio del anonimato, era gestión fracasada de antemano. Adán y Eva no sólo eran el principal atractivo turístico, por así decirlo, del Paradiso Package Tour, que tan buena entrada en divisas le daba, allá en la Tierra, al Vaticano. Además, la presencia de Adán y Eva en el Cielo era la prueba fehaciente de la infinita misericordia divina: Si Dios perdonó a Adán y Eva, igual te perdonará a ti y al cabo, como argumentó un día el argüendero Orígenes, perdonará al mismísimo Diablo pues, de lo contrario, Dios no sería Dios. Pero a Orígenes, el sofista perseguido, sus herejías le costaron, literalmente, los huevos.

No nació de huevo alguno la generación «Cratilo» de robots, sino de la colaboración de una economía global perfectamente integrada: idea alemana, diseño italiano, financiación francesa, programación japonesa, mercadotecnia norteamericana y fabricación en una maquila de la frontera mexicana. En vez de huevo, esta red internacional perfeccionó el cerebro robótico, haciéndolo cada vez más parecido al de los seres humanos, mediante la creación de redes neuronales artificiales.

A los japoneses les interesó sobremanera que esta asimilación del robot a las funciones cerebrales humanas no significase una pérdida de las virtudes propias de las anteriores generaciones de robots; a saber: la exactitud y la velocidad, la repetibilidad y, sobre todo, la resistencia a la fatiga. A los franceses, en cambio, les bastó con asegurar que los nuevos robots cerebrales tuviesen coherencia lógica en el acto racional de reconocer, manipular y clasificar objetos. Fueron los alemanes quienes, al cabo, exigieron y obtuvieron que, además de estas funciones tradicionales, la generación de robots, para serlo, obedeciese a impulsos metafísicos.

Todos obtuvieron lo que quisieron: aptitudes físicas, los japoneses; coherencia lógica, los franceses. Pero la novedad fue la programación germana, obtenida mediante aparatos aceleradores de las partículas y ciclotrones de cada robot: la nueva generación de robots actuaría en las áreas de los verbos infinitivos, ser y estar, desear, nacer, vivir, morir, trascender. Ontorobots, Teleorobots, Axiorobots: todos estos nombres se barajaron a medida que la nueva generación era fabricada de la misma manera que se enseña a un niño a manipular y reconocer objetos, a caminar y a hablar, pero esta vez con una función metafísica, trascendente, ulterior.

Intervino entonces un nuevo factor cultural. Llevados los robots al sitio propio de su funcionamiento, el espacio exterior, donde la triple exigencia intelectual —japonesa resistencia y funcionamiento en un medio hostil; abstracta distancia metafísica alemana; y comprobación racionalista francesa de todo lo anterior— se cumpliría (todos estuvieron de acuerdo) mejor. Solo que los robots fueron conducidos al espacio extraterrestre por la recuperada iniciativa española de exploración en la plataforma «Santiago Ramón y Cajal».

Perfectamente preparados para responder sólo a las grandes interrogantes de la existencia (el valor, los fines superiores y la plenitud moral), los nuevos robots se hallaron, de esta manera, cerca del cielo —hecho que no escapó a la atención divina—. El zumbido de la «Ramón y Cajal», sin embargo, se iba acercando al Paraíso con una bodega llena de jamones y salchichas, Riojas y Valdepeñas, así como abundantes imágenes de santos en las cabinas de la tripulación española. Entre el cielo y la fabada, entre el espíritu puro y el puro puchero, los robots, programados para la metafísica, comenzaron a sentir ansias, cosquilleos, cachonderías olfativas, caldosas, culinarias; la axiología se confundió con la ajología, la apología con la apiología, y la ontología con el omelette. De este modo surgió la duda: ¿Tenía la nueva generación, producto de la tecnología supranacional anónima, gustos nacionales atávicos?

El gusto le entró a los robots por el cerebro programado para el entendimiento filosófico. En ese instante los robots se dieron cuenta de que ellos también tenían un cuerpo, y como lo expresó el líder natural 14921992 a sus hermanos y hermanas robóticas:

—No nos olvidemos ni un minuto de que todos nosotros estamos en el mundo, poseemos un cuerpo y conocemos al mundo directamente. No se olviden nunca de que nuestros actos son parte, desde ahora, de la dinámica del mundo.

—Yo tengo hambre —dijo un robot chiquitito, conocido como todos los demás por su número, 13251521—. Estoy oliendo un mole poblano; lo sé, lo siento, lo deseo, y no puedo tenerlo, sólo puedo reconocerlo y clasificarlo... ¡Chingue a su madre Descartes! —exclamó este cantinflesco sujeto, revelando a las claras sus atavismos nacionales.

—No lo obtendrás con solicitudes corteses —contestó el líder robot—, sino dándote cuenta de que ellos nos han dado una visión tridimensional del mundo.

—¿Y? —se limitó a preguntar el robot pequeño.

—El problema de ellos es proyectar una trayectoria sin colisiones para el trabajo de nuestros brazos. Nuestro problema es obligar a que la trayectoria cambie y las colisiones ocurran...

Desde ese momento, misteriosamente, cayeron en manos de los robots capones y guajolotes, botellas de vino y tarros de cerveza, quesos y tortillas de huevo, produciendo en estas máquinas de dimensión indescriptible, pues en ellas el espesor era transparencia, la altura aspiración y el peso propósito, un revoltijo funcional. Los robots rebelados, lanzados costosamente al espacio, se negaban a cumplir su función, que era la de fijar de una vez por todas, dándoles ubicación y certeza científicas, a las eternas preguntas metafísicas que tanto tiempo y energía hacían perder a los seres humanos, distrayéndoles de sus pragmáticas funciones económicas. Y la rebelión llegó a su cúspide cuando 14921992 les dijo a sus robots colegas, el alemán 15171871, el inglés 10661215 y el francés 04961789, definidos desde ya por sus apetitos culinarios, que había algo peor que negarles la sensualidad y la gula, y era darles sólo números impersonales, negarles... —la palabra emergió explosiva— nombres, nombres propios, no números, como si fueran cosas, mercadería, fichas técnicas...

—Hasta nuestra generación se llama «Cratilo» y nosotros nada...

—Pero el nombre es sólo un concepto que acompaña a una imagen individual y con ello niega la existencia de los universales —opinó el robot alemán.

—El nombre es sólo una convención —dijo el robot francés.

—No, el nombre es la esencia de lo que nombra —dijo con calor 14921992.

En la vecindad de las alturas lo escuchó Dios Padre y, con la ayuda de algunos poderosos arcángeles, encaminó la plataforma «Ramón y Cajal», a estas alturas (sic) tan amotinada como el Bounty, a las puer tas de San Pedro. Dios puso a cantar a todos los ángeles a fin de adormecer la atención filosófica de los robots y plantearles, sin tapujos, su solicitud:

—Encuéntrenme a Adán y Eva. Se me han perdido.

Los robots se estremecieron al escuchar los nombres de los Primeros Padres: eran también los Primeros Nombres. Pero enseguida se preguntaron por qué Dios, que todo lo sabía, no podía encontrar por sí solo a los Padres Perdidos, sin necesidad de ordenadoras.

—Ustedes son los culpables —suspiró el Todopoderoso—. Y la Trinidad también. La información teológica descifrada con rapidez de rayo por el Centro Wiener-Kafka hace sólo cincuenta años fue trasmitida al mundo mediante esta formula ridícula: Uno que es Dos que es Tres que es Uno, no es Nadie. Sobre semejante absurdo no puede asentarse la ciencia de la informática, y la teología se desacredita si Dios es Nadie. Encarné demasiado a mi Hijo, comiendo pan y bebiendo vino a todas horas; me desencarné demasiado en mi Espíritu, al cual apenas logro darle forma de paloma mensajera y de ave preñadora, que no de presa.

El suspiro de Dios Padre casi les parte el alma a los robots:

—No tengo ni cuerpo suficiente, ni suficiente espíritu. Soy un buen administrador. Pero Paraíso Inc. no funciona sin los Primeros Padres, ustedes me comprenden...

Movidos a la compasión (esta era la treta del Señor), los robots procesaron, en cuestión de minutos, la información nominativa del Paraíso: No todos sus habitantes tenían nombre; el anonimato podía ser portado con orgullo en la felicidad celestial; pero había muchos «Evas» y «Adanes». ¿Quiénes eran los Adán y Eva reales, únicos, que habían asumido un repentino anonimato en el cielo, aburridos de la celebridad?

La información volvió a procesarse, en medio de combinaciones —blips y regüeldos— que revelaban a las claras el revoltijo de física y metafísica con el que los robots habían contaminado la pureza de su función, haciéndola posible sólo en la impureza. Absoluta, transparente, incontrovertible, la prueba trasmitida por los cerebros electrónicos de la nave «Ramón y Cajal» se comunicó a través del Paraíso, en pantallas, bocinas, cintas y videos: Allí, señalados por el largo brazo robótico de 14921992, aparecieron el hombre y la mujer, acurrucados, nuevamente avergonzados, con las cabezas bajas, como los pintó, inolvidablemente, el Masaccio, otra vez expulsados del Paraíso, pero esta vez por su propia voluntad, revelados otra vez en la más total y obscena de las desnudeces, pues sólo ellos dos, entre todos los bienaventurados del cielo, poseían vientres sin sello de nacimiento.

—¿Cómo los descubrieron? —preguntó azorado el Señor.

—Eran los únicos sin ombligo —contestó el francés 04961789.

—¿Cómo no se me ocurrió a mí primero? —exclamó Dios Padre.

—Por la misma razón que ellos creyeron que podían engañarnos —resumió 14921992—. Sabemos razonar porque aprendimos igual que los niños, poquito a poco. Los robots hemos tenido infancia. Ni tú, Señor, ni Adán ni Eva la tuvieron. Nos parecemos más a los hombres que ustedes.

—¿Qué puedo darles en recompensa?

—Un nombre —dijo el francés 04961789, pensando secretamente en Balzac, gran nombrador de hombres, en Hugo, gran nombrador de cosas, y en Mallarmé y la pureza de las palabras de la tribu.

—Y no sólo un nombre, sino la ceremonia que lo convalida —dijo 14921992 convalidando él mismo su cultura ancestral—. Queremos ser bautizados.

Y lo fueron, en medio de una fiesta incomparable, celestial y terrena, física y metafísica; fueron nombrados Remedios y Piedad, Angustias y Socorro, Santiago y Felipe, Ludwig y Wolgfang Amadeus, Francesco y François, Tristram y Jacques, Fortescue y Marmaduke, Akihito y Akira, Sóstenes y Guadalupe. En medio de la exuberancia sensual de la ceremonia, los robots introdujeron en su programación dos nuevas preguntas:

—¿Es un nombre una pura convención?

—¿Refleja un nombre la realidad de lo que nombra?

Una y otra vez, la respuesta a estas preguntas se repitió en las pantallas de los ordenadores y en las bóvedas celestiales: Un nombre es sólo una aproximación a la naturaleza de las cosas.

Esta respuesta convenció a Dios y, lo que es mejor, tanto a los racionalistas franceses como a los místicos españoles. Sólo los alemanes se quejaron de que ni las preguntas ni las respuestas eran, propiamente, metafísicas, con lo cual quedaba desvirtuada la función de los nuevos robots y se imponía pasar a una sexta o séptima generación a la altura de sus deberes filosóficos; en tanto que los japoneses no le vieron utilidad alguna al debate sobre la nominación de las máquinas cibernéticas, a menos que acabasen como atracciones en una feria o en un casino.

Sólo Adán y Eva, a los que en reconocimiento de su más reciente sacrificio se les regalaron dos robots para ellos solitos, entendieron que las máquinas, al ser bautizadas, no dejaron de funcionar, pero tampoco de rebelarse. Hablándoles, mirándolas, el hombre y la mujer acabaron por verse a sí mismos, ni realidad material cerrada ni convención caprichosa aunque útil sino, en efecto, aproximación permanente a una naturaleza, una personalidad y un deseo jamás concluidos, siempre abiertos, capaces de descendencia y multiplicación.

Sin que sus inventores multinacionales lo supiesen, los robots de la quinta generación adquirieron así las verdaderas funciones del cerebro, que son las de parecerse a los hombres y mujeres de una manera mucho más íntima y calurosa. Bautizados, los robots se volvieron parte de un mundo en cierta manera más abierto, generoso e inacabado, y en él se reconocieron también el primer hombre y la primera mujer. 14921992 se llamó desde entonces «Cristóbal» y 04961789 se reveló como «Jeannette».

Fue Dios, sin embargo, quien, complacido, bendijo la unión de sus primeras criaturas y de las criaturas de sus criaturas, y dijo la última palabra:

—En verdad os digo que afortunadamente aún existe una gran diferencia entre quienes fabrican robots y quienes los imaginan.



En Cuentos sobrenaturales
Imagen: © Abilio Lope/CORBIS
Tomado de Aquí

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